
Actualizado en septiembre de 2026
Una rotura del tendón de Aquiles no siempre se diagnostica inmediatamente. En ocasiones, el dolor inicial mejora y la persona consigue volver a caminar, aunque lo haga con debilidad o cojera. Esto puede crear la falsa impresión de que la lesión se ha curado.
Cuando pasan varias semanas sin que el tendón recupere correctamente su continuidad y tensión, hablamos de una rotura crónica o no diagnosticada. Su tratamiento es diferente al de una rotura aguda del tendón de Aquiles porque los extremos del tendón pueden haberse retraído, el espacio entre ellos puede haberse ocupado por tejido cicatricial y la musculatura de la pantorrilla puede haber perdido fuerza.
Aunque se trata de una lesión compleja, existen diferentes opciones para mejorar la marcha, la fuerza de impulso y la capacidad para realizar actividades físicas. La elección debe adaptarse a las características del tendón y a las necesidades de cada paciente.
¿Cuándo se considera crónica una rotura del Aquiles?
No existe una definición completamente uniforme, pero suele considerarse crónica cuando han transcurrido más de cuatro a seis semanas desde la lesión sin que se haya instaurado un tratamiento adecuado.
El término “crónica” no significa que la lesión sea irreversible ni que el paciente tenga que convivir necesariamente con la limitación. Indica que ya no suele ser suficiente aproximar los extremos del tendón como se haría en una rotura reciente. Con frecuencia es necesario reconstruir la zona dañada o reforzarla mediante otro tendón.
Tampoco debe confundirse una rotura crónica con una tendinopatía de Aquiles. La tendinopatía produce dolor y alteración progresiva del tejido, mientras que la rotura supone una pérdida parcial o completa de su continuidad.
¿Por qué puede pasar desapercibida?
Algunas roturas se confunden inicialmente con un esguince, una contractura muscular o una tendinitis. También puede ocurrir que la persona no consulte porque el dolor disminuye después de los primeros días.
El organismo forma tejido cicatricial entre los extremos separados. Este tejido puede permitir caminar, pero con frecuencia es más largo y menos eficaz que el tendón original. Por eso el paciente puede notar que el tobillo “funciona”, aunque haya perdido una parte importante de su fuerza.
Los síntomas más habituales son:
- Debilidad para impulsar el pie al caminar.
- Dificultad o imposibilidad para ponerse de puntillas sobre la pierna afectada.
- Cojera, especialmente al caminar deprisa.
- Problemas para subir escaleras, correr o saltar.
- Fatiga rápida de la pantorrilla.
- Disminución del volumen muscular.
- Sensación de inestabilidad o falta de control.
- Dolor o inflamación persistentes, aunque algunas personas apenas presentan dolor.
La ausencia de dolor no demuestra que el tendón haya recuperado su longitud y función normales.
¿Cómo se estudia una rotura crónica?
La valoración comienza con la historia de la lesión y la exploración de ambos miembros inferiores. Es importante observar la marcha, la posición de reposo del pie, la fuerza de la pantorrilla y la capacidad para realizar una elevación del talón.
La ecografía y la resonancia magnética pueden ayudar a conocer:
- La localización de la rotura.
- La separación aproximada entre los extremos.
- La cantidad y calidad del tejido cicatricial.
- El grado de retracción.
- La presencia de tendinopatía o lesiones asociadas.
- El estado de los tendones que podrían utilizarse en una reconstrucción.
La imagen es importante, pero no decide por sí sola la intervención. El tamaño definitivo del defecto puede cambiar al colocar el pie en determinada posición y, sobre todo, después de retirar durante la cirugía el tejido que no sea suficientemente resistente.
¿Todas las roturas crónicas necesitan cirugía?
No necesariamente. Sin embargo, la cirugía se plantea con mayor frecuencia que en las roturas agudas porque, una vez transcurridas varias semanas, es más difícil que los extremos retraídos recuperen una longitud y una tensión adecuadas únicamente con inmovilización.
El tratamiento no quirúrgico puede considerarse en pacientes con menor demanda funcional, un retraso relativamente corto, un defecto que pueda aproximarse, enfermedades que aumenten mucho el riesgo quirúrgico o una preferencia clara por evitar la intervención.
Este tratamiento no consiste simplemente en esperar. Puede incluir una bota funcional con el pie inicialmente inclinado hacia abajo, modificaciones progresivas de su posición y un programa de rehabilitación supervisado.
La información disponible es limitada. En un estudio de solo 19 pacientes con diagnóstico tardío tratados mediante un protocolo funcional, tres terminaron necesitando cirugía y la fuerza de impulso de la pierna lesionada fue, de media, aproximadamente un 22% menor que la de la pierna sana. Estos resultados indican que el tratamiento conservador puede ser útil en determinados casos, pero no permiten asegurar que sea equivalente a la reconstrucción quirúrgica.[5]
La cirugía suele valorarse cuando existe:
- Incapacidad para elevar el talón sobre una sola pierna.
- Debilidad que altera la marcha o la actividad cotidiana.
- Dificultad para subir escaleras, correr o practicar deporte.
- Separación importante entre los extremos.
- Tendón alargado o tejido cicatricial de mala calidad.
- Una nueva rotura después de un tratamiento anterior.
- Fracaso de un programa conservador correctamente realizado.
La edad no debería ser el único criterio. También deben considerarse el estado de la piel, la circulación, la diabetes, el tabaquismo, las enfermedades generales, la actividad laboral o deportiva y la capacidad para cumplir la rehabilitación.
¿Qué se pretende conseguir con la cirugía?
El objetivo no es únicamente cerrar el espacio visible entre los extremos. La reconstrucción debe recuperar, en la medida de lo posible, la continuidad, la longitud y la tensión funcional del conjunto formado por la pantorrilla y el tendón de Aquiles.
Un tendón que cicatriza demasiado largo puede permitir caminar, pero proporcionar poca fuerza para despegar el talón del suelo. Por el contrario, una reconstrucción excesivamente tensa puede limitar el movimiento y dificultar la rehabilitación.
La técnica se elige según el tamaño real del defecto, la calidad del tejido, el tiempo transcurrido, la localización de la lesión, las intervenciones previas y las necesidades del paciente.
Reparación directa
Cuando, después de retirar el tejido deteriorado, el defecto es pequeño y los extremos pueden unirse sin una tensión excesiva, puede realizarse una sutura directa.
Las recomendaciones actuales sitúan esta opción principalmente en defectos de hasta unos dos centímetros. No obstante, esta cifra es orientativa y no debe interpretarse como una frontera rígida.
La ventaja es que permite conservar el propio tendón. Su limitación es que no resulta adecuada si existe mucha retracción o el tejido restante no tiene resistencia suficiente.
Avance en V-Y y colgajos de la aponeurosis
En algunos defectos intermedios puede alargarse la parte superior del complejo formado por el gemelo y el Aquiles mediante una plastia denominada V-Y.
Para defectos mayores pueden utilizarse colgajos de tejido procedentes de la propia aponeurosis de la pantorrilla. Estos se giran hacia abajo para cubrir la zona ausente.
Estas técnicas aprovechan tejidos cercanos y mantienen una dirección de tracción parecida a la del Aquiles. Sin embargo, suelen requerir incisiones más extensas y pueden alterar parcialmente la mecánica de la pantorrilla.
Un metanálisis de 2025 encontró mejoras funcionales parecidas entre los colgajos, las transferencias del flexor largo del dedo gordo y los injertos de isquiotibiales. No obstante, las complicaciones de la herida fueron más frecuentes con los colgajos: 12,5%, frente al 5,7% con la transferencia del flexor largo y el 3,5% con injertos de isquiotibiales.[3]
Estas cifras proceden de estudios con pacientes y defectos diferentes, no de ensayos aleatorizados. Por tanto, no demuestran por sí solas que una técnica sea superior en todos los casos.
Transferencia del flexor largo del dedo gordo
Una de las reconstrucciones más utilizadas consiste en transferir el tendón flexor largo del dedo gordo, conocido como FHL por sus siglas en inglés.
Este tendón discurre cerca del Aquiles y participa en el movimiento de flexión del dedo gordo. Durante la intervención puede fijarse al calcáneo para colaborar en la flexión plantar y reforzar la parte posterior del tobillo.
Entre sus posibles ventajas se encuentran:
- Cercanía anatómica al tendón de Aquiles.
- Dirección de tracción compatible con la función de impulso.
- Tejido con buena vascularización.
- Posibilidad de reforzar tendones degenerados.
- Utilidad en defectos intermedios o roturas de larga evolución.
Su transferencia modifica la función original del tendón. Algunos pacientes pueden notar una pequeña pérdida de fuerza al flexionar el dedo gordo, aunque con frecuencia otros músculos compensan parcialmente esta función. También existen riesgos relacionados con la herida, los nervios, la fijación al hueso y la rehabilitación.
Un metanálisis publicado en 2025 reunió 16 estudios y 323 pacientes. Encontró una mejoría importante de las puntuaciones funcionales y una tasa global de complicaciones del 7,5%.[4] Sin embargo, los resultados de los estudios fueron muy heterogéneos y no existió una comparación aleatorizada con las demás técnicas. La conclusión correcta es que el FHL constituye una opción útil, no que sea necesariamente la mejor para todos los pacientes.
Injertos de isquiotibiales y otros tendones
Cuando el defecto es muy grande, puede emplearse un injerto libre obtenido habitualmente del semitendinoso o del recto interno, dos tendones situados en la parte posterior e interna del muslo.
El injerto actúa como un puente entre los extremos del Aquiles. Puede ser especialmente útil cuando faltan más de seis centímetros de tejido o cuando las estructuras locales no son suficientes.[1]
Esta opción permite cubrir defectos amplios y conservar el flexor del dedo gordo, pero requiere obtener tejido de otra zona y realizar una fijación adecuada. Puede producir molestias en la zona donante y no elimina el riesgo de debilidad, infección o problemas de cicatrización.
En reconstrucciones especialmente complejas o en nuevas roturas pueden considerarse aloinjertos procedentes de un donante. Su indicación es menos frecuente y debe valorarse individualmente.
¿Cirugía abierta o técnica endoscópica?
Algunas transferencias del FHL pueden realizarse mediante cirugía endoscópica o con incisiones pequeñas. Estas técnicas buscan reducir la agresión sobre la piel y los tejidos blandos.
Pueden ser ventajosas en pacientes seleccionados, pero no son automáticamente superiores. Requieren experiencia específica y no siempre permiten solucionar defectos muy grandes, cicatrices extensas o lesiones complejas.
La literatura reciente sobre reconstrucción endoscópica comunica resultados favorables, pero se compone principalmente de series de casos realizadas por equipos especializados. Esto introduce un posible sesgo de selección: los pacientes más complejos pueden haber sido tratados mediante cirugía abierta y quedar fuera de esas series.
La encuesta internacional más reciente, contestada por 667 cirujanos de 60 países, confirmó que existe una gran variabilidad en la elección de técnicas y en la rehabilitación. La reparación directa de defectos menores de dos centímetros fue la única opción que mostró una tendencia relativamente común.[2]
La rehabilitación forma parte de la reconstrucción
La intervención es solo una parte del tratamiento. La protección inicial y la recuperación progresiva de la fuerza son fundamentales para evitar que la reconstrucción se alargue o falle.
El protocolo depende de la técnica utilizada, la calidad de la fijación, el estado de la piel y las características del paciente. Habitualmente incluye:
- Protección inicial con férula, yeso o bota y el pie inclinado hacia abajo.
- Control de la herida, la inflamación y el riesgo de trombosis.
- Inicio progresivo de carga protegida cuando la reconstrucción lo permita.
- Retirada gradual de las cuñas del talón.
- Recuperación controlada del movimiento, evitando estiramientos agresivos.
- Fortalecimiento progresivo de la pantorrilla.
- Trabajo de equilibrio, marcha y control de una sola pierna.
- Carrera, saltos y ejercicios deportivos en fases posteriores.
Algunas recomendaciones favorecen la movilidad y la carga protegida tempranas. Sin embargo, la propia guía de 2024 reconoce que no existen estudios específicos de buena calidad que comparen protocolos de rehabilitación después de una reconstrucción crónica. Por ello, un calendario utilizado para una sutura sencilla no debe trasladarse automáticamente a un injerto o a una reconstrucción compleja.
Para ampliar la información general sobre curas, apoyo y seguimiento, consulta también las indicaciones después de una cirugía de pie o tobillo.
¿Cuánto dura la recuperación?
La recuperación suele ser prolongada. Caminar sin ayudas y recuperar las actividades cotidianas puede requerir varios meses. La fuerza de la pantorrilla continúa mejorando durante el primer año y, en ocasiones, durante más tiempo.
Para volver a correr o a practicar deporte no debería utilizarse únicamente una fecha. Conviene valorar:
- Ausencia de dolor e inflamación después del ejercicio.
- Marcha sin cojera.
- Movilidad funcional.
- Elevaciones repetidas del talón.
- Altura y resistencia de la elevación comparadas con la otra pierna.
- Control durante saltos y cambios de dirección.
- Confianza del paciente.
- Exigencia concreta del deporte.
Como orientación, los deportes de alta demanda pueden requerir alrededor de doce meses o más. Esto no constituye una garantía ni significa que todos los pacientes recuperen exactamente su nivel previo.
¿Qué complicaciones pueden aparecer?
Las posibles complicaciones incluyen:
- Problemas de cicatrización o infección.
- Adherencias de la cicatriz.
- Alteraciones de sensibilidad o lesión nerviosa.
- Trombosis venosa.
- Rigidez del tobillo.
- Debilidad persistente de la pantorrilla.
- Alargamiento de la reconstrucción.
- Molestias en la zona de obtención de un injerto.
- Pérdida parcial de fuerza del dedo gordo después de una transferencia.
- Nueva rotura o necesidad de otra intervención.
El riesgo no es igual para todas las personas. El tabaquismo, la diabetes mal controlada, los problemas circulatorios, determinadas medicaciones y el mal estado de la piel pueden aumentarlo. Optimizar estos factores antes de la cirugía forma parte del tratamiento.
Ideas frecuentes que conviene matizar
“Si puedo caminar, el tendón está curado”
No necesariamente. El tejido cicatricial puede permitir caminar aunque el tendón haya quedado alargado y haya perdido fuerza de impulso.
“Una resonancia determina exactamente qué cirugía necesito”
La resonancia ayuda a planificar, pero la calidad real del tejido y el tamaño definitivo del defecto pueden apreciarse completamente durante la intervención.
“La técnica más moderna siempre es la mejor”
Una incisión pequeña puede reducir determinados problemas de la herida, pero no sustituye una reconstrucción adecuada. La complejidad de la lesión y la experiencia del cirujano siguen siendo determinantes.
“Cuanto más compleja sea la reconstrucción, más resistente será”
Añadir injertos, transferencias o incisiones que no sean necesarios también puede aumentar la morbilidad. El objetivo es utilizar la técnica suficiente para restaurar la función, no la más extensa posible.
“La cirugía garantiza volver al mismo deporte”
La mayoría de los estudios comunica mejorías importantes, pero no puede garantizar una recuperación completa. La atrofia muscular, el retraso diagnóstico, el tamaño del defecto, las lesiones previas y la rehabilitación influyen en el resultado.
¿Cuál es el mensaje principal?
La rotura crónica del tendón de Aquiles es una lesión diferente y generalmente más compleja que una rotura reciente.
El tratamiento conservador puede considerarse en pacientes seleccionados, pero su evidencia es limitada. Cuando existe debilidad funcional importante, la reconstrucción quirúrgica suele ser la opción más utilizada. La sutura directa, los avances en V-Y, los colgajos, las transferencias tendinosas y los injertos tienen indicaciones diferentes.
No existe una operación universalmente mejor. La técnica debe elegirse después de valorar el tamaño del defecto, la calidad de los tejidos, el tiempo transcurrido, el estado general y los objetivos del paciente. La rehabilitación progresiva es decisiva y la recuperación completa puede requerir un año o más.
Ante una sospecha de rotura no diagnosticada, una nueva rotura o una pérdida persistente de fuerza, es recomendable solicitar una valoración especializada. Si ya dispones de un diagnóstico o una propuesta de tratamiento, también puedes solicitar una segunda opinión de pie y tobillo. Este contenido es informativo y no sustituye una evaluación médica individual.
Referencias
- Feng SM, Maffulli N, Oliva F, et al. Surgical management of chronic Achilles tendon rupture: evidence-based guidelines. Journal of Orthopaedic Surgery and Research. 2024;19:132. doi:10.1186/s13018-024-04559-5.
- Vide J, Santos F, Dantas S, et al. A worldwide perspective on chronic Achilles tendon rupture: An ESSKA AFAS survey initiative. Knee Surgery, Sports Traumatology, Arthroscopy. 2026;34:1452-1463. doi:10.1002/ksa.70327.
- Karaismailoglu B, Ghandour S, Hendriks J, et al. Systematic Review and Meta-Analysis Comparing Open FHL Tendon Transfer, Hamstring Transfer, and Turndown Flaps to Treat Chronic Achilles Tendon Ruptures. Foot & Ankle International. 2025;46:784-793. doi:10.1177/10711007251330287.
- Khair YJ, Milchem H, Adra M, et al. Isolated Flexor Hallucis Longus Tendon Transfer for Chronic Achilles Tendon Rupture: Systematic Review and Meta-Analysis. Healthcare. 2025;13:2751. doi:10.3390/healthcare13212751.
- Winson DMG, MacNair R, Hutchinson AM, et al. Delayed Achilles tendon rupture presentation: Non-operative management may be the SMART choice. The Foot. 2021;46:101724. doi:10.1016/j.foot.2020.101724.
- Rembert A, Hershfeld B, Klein B, Bitterman AD. Treatment of Chronic Achilles Tendon Ruptures: A Contemporary Review. Foot & Ankle International. 2026 Sep 16. Online ahead of print. doi:10.1177/10711007261481830.
Responsabilidad editorial: Dr. Miguel Ángel Román Cañada, especialista en Cirugía Ortopédica y Traumatología con dedicación a la cirugía del pie y tobillo.
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